La Traka no es una carrera más. Es, probablemente, el evento de gravel más importante de Europa. Un punto de encuentro donde se juntan los mejores especialistas del continente y donde también aparecen los americanos, los que inventaron esto y los que han llevado el gravel a otro nivel. Pero si algo quedó claro en esta edición es que, hoy por hoy, el nivel más alto del ciclismo se decide aquí, en Europa. Hasta el punto de que hubo quien dijo que la participación en la Traka fue superior a la del propio Mundial de gravel.

De los 200 a los 360 kilómetros
Hace dos años competí en la distancia de 200 kilómetros. Me salió una carrera muy sólida, terminé como segundo español y para mí ya fue un reto importante. Pero este año la historia era otra. La distancia subía hasta los 360 kilómetros, una cifra que, cuando empecé a plantearla, sonaba casi inhumana. Demasiado larga, demasiado exigente, demasiado todo. Y aun así, había algo claro: no era imposible. Se podía entrenar. Se podía preparar. Se podía intentar.
Ese fue el punto de partida. No una locura sin sentido, sino un reto enorme al que había que llegar con método.

Entrenar el cuerpo… y sobre todo la cabeza
La preparación fue, evidentemente, muy física. Muchas horas de bicicleta, mucho volumen, mucho desgaste. Pero, sobre todo, fue una preparación mental. Entrenamientos en condiciones duras, con frío, con lluvia, con pocas horas de descanso, saliendo muchas veces de noche y casi siempre solo. La idea era sencilla: acostumbrar la cabeza a lo peor para que, cuando llegara la carrera, nada resultara completamente desconocido.
En paralelo, empecé a probar mi propia alimentación. Mis bollos, mis barritas, mi comida. Porque en una carrera de 360 kilómetros, donde tienes que comer cada hora, no vale improvisar. Hay que entrenar el gesto de comer, entrenar el estómago y asegurarse de que lo que entra sienta bien incluso cuando el cuerpo empieza a protestar.

Solo, sin apoyo y sin margen de error
Llegué a la Traka completamente solo, desde Cuenca, sin ningún tipo de apoyo ni asistencia. Sin equipo, sin coche, sin nadie que pudiera acercarme nada. Eso, lejos de ser un detalle menor, era un hándicap enorme. No podía fallar. No podía caerme. No podía romper la bici. Y si algo se rompía, tendría que arreglármelas solo.
Esa idea te acompaña toda la carrera. Cuidas la mecánica, escuchas cada ruido, evitas riesgos innecesarios. Porque aquí no hay plan B.

La carrera: horas, grupos y soledad
La salida fue muy temprano, con luces obligatorias. Al principio rodé con el grupo de cabeza, pero en cada avituallamiento tenía que echar pie a tierra para gestionarme solo. Sin soporte técnico, iba perdiendo grupos delanteros poco a poco. Hasta que llegó un punto en el que me quedé completamente solo, trabajando solo, contra el viento, contra las cuestas, contra todo.
Las sensaciones eran buenas. Respeté el plan: comer cada hora, beber cada media hora. Pero había que cargar con todo. Herramientas, luces, ropa, comida. Todo encima de la bici. Más peso del habitual, más desgaste, menos margen.

El muro no estaba donde pensaba
En una carrera así, la cabeza pasa por todos los estados posibles. Cuando llegas al kilómetro 200 piensas: “ya casi está”. Y no. Porque todavía quedan 160 kilómetros. Fue alrededor del kilómetro 230 donde apareció el verdadero muro. Dejé de tolerar bien la comida. Tenía mal cuerpo, ganas de vomitar, pero seguí comiendo. Más despacio, con dificultad, pero sin dejar de comer. Hoy tengo claro que esa fue la clave para terminar.
Poco a poco, las sensaciones volvieron. Y cuando vi que quedaban 50 kilómetros, supe que lo iba a conseguir. Hubo incluso que parar a cargar el GPS, porque en esta carrera no hay señalización: solo un 10–15 % del recorrido está marcado. El resto es navegación pura. Si te quedas sin track, estás fuera.

Ríos, barro y paranoia mecánica
Durante la carrera cruzamos ríos cinco o seis veces. Nos llovió. Hubo polvo, barro y frío. Un auténtico disparate. En los últimos kilómetros la cabeza empezó a jugar sucio. La cadena sonaba mal, rígida, castigada por el agua y la suciedad. Me obsesioné con que se iba a romper. A falta de 20 kilómetros solo pensaba en eso.
Y al final, me tranquilicé. Pensé: si se rompe, andaré. Estoy acostumbrado a correr, a caminar. Veinte kilómetros andando no me van a quitar esto.
No se rompió.

Llegar de día
Los últimos cinco o seis kilómetros fueron extraños. Iba en volandas. Ya no me dolían las piernas. No tenía dolor. Sonreía. Pensaba en algo que me había dicho mi amigo Lucho, quien me metió de lleno en el mundo del gravel: “Si llegas de día, es un éxito”. Y llegué de día. Y llegué entero.
La edición fue brutal. Por participación, por recorrido, por todo. Y como anécdota, llevé un bocadillo de jamón para recuperar, que a mí me sienta especialmente bien. Hice los 360 kilómetros sin comérmelo. Me di cuenta de que había cargado demasiada comida, pero en una carrera así prefiero que sobre. Porque si hay algo seguro es esto: si no comes, estás fuera. No hay heroicidades posibles. Si no metes los hidratos que tocan cada hora, estás fuera de juego.

Cerrar el círculo
Quiero repetir. Quiero volver a hacer los 360 kilómetros, esta vez con equipo de soporte, e intentar mejorar el tiempo. Si lo consigo, cerraré un ciclo personal en la Traka: del 200 al 360. Otro gran reto completado.
Lo necesitaba. He competido en muchas modalidades, en muchas distancias, y siempre he tenido resultados. Esto también es un éxito. Irte a 600 kilómetros de casa, tú solo, prepararlo todo, no fallar. Es como plantarte solo en un Ironman o en una ultra de trail. No hay margen. Y cuando sale bien, pesa.
Ha sido, sin duda, la aventura en bicicleta más larga y una de las más duras de mi vida.

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Desde niño, mi vida ha estado ligada al deporte y a la montaña. Empecé en el cross y, con los años, fui recorriendo distintos caminos: MTB, ciclismo en carretera —al que me dediqué casi siete años—, duatlón, trail running, carreras de asfalto, gravel, alta montaña y escalada. Siempre en movimiento, siempre cerca de los senderos.
Estar en la montaña me hace feliz. Cuenca me hace feliz. A lo largo de mi vida he tenido oportunidades para marcharme, pero nunca quise abandonar estas montañas ni estos caminos que forman parte de quien soy.
En el plano deportivo he conseguido más de 200 victorias en mi categoría correspondiente según cada año, logrando triunfos en todas las modalidades en las que he competido. Destaca especialmente haber sido, probablemente, el único deportista en Castilla-La Mancha en ganar en la máxima categoría Élite campeonatos en cuatro disciplinas diferentes: MTB, ciclismo en carretera, trail running y duatlón.
También obtuve resultados destacados en ciclismo y MTB en categorías junior y sub-23.
Durante varios años he trabajado como monitor de ciclo indoor y de carrera/trail running, transmitiendo mi experiencia y mi pasión por el deporte.
Soy un amante de la montaña en todas sus formas y vertientes, amante de los animales y de la naturaleza salvaje. La montaña no es solo un escenario: es mi forma de vivir. ⛰️🦊

Buuuaaaaaa, no podía dejar de leer, impresionante…..
Ya sabes que te sigo, xq como a ti, me encanta la ⛰️ y me encanta todo lo q publicas ….
Eres un ejemplo a seguir, y todo lo conseguido es por un trabajo hecho día tras día. Eres enorme. A seguir así y a por esos retos 💪💪.