La edad que importa para el running no está en tu DNI

Todos conocemos a alguien que parece desafiar el paso del tiempo. Corredores de cincuenta, sesenta o incluso setenta años capaces de subir una montaña con una facilidad que ya quisieran muchos veinteañeros. Basta pasar una mañana en cualquier carrera de trail para encontrarlos. Y eso alimenta una idea muy extendida: correr nos mantiene jóvenes. Pero ¿hasta qué punto es cierta? ¿Puede el running ralentizar realmente el envejecimiento? ¿O estamos confundiendo rendimiento con salud? Un estudio publicado recientemente en European Journal of Epidemiology ha intentado responder a estas preguntas siguiendo durante décadas a más de 22 000 personas. Y sus conclusiones son mucho más interesantes de lo que parece.

Envejecer no significa lo mismo para todos

Estamos acostumbrados a pensar en la edad como una cifra inamovible. Cumples cuarenta años. Luego cuarenta y uno. Luego cuarenta y dos. Es una cuenta sencilla que todos compartimos. Sin embargo, el organismo no funciona con esa misma simplicidad. Dos personas nacidas el mismo día pueden presentar diferencias enormes en salud cardiovascular, función metabólica, capacidad pulmonar o riesgo de enfermedad. Una puede sentirse limitada al subir unas escaleras mientras la otra sigue completando maratones de montaña. Ambas tienen la misma edad cronológica. Lo que cambia es su edad biológica.

La edad biológica intenta medir el desgaste real del organismo. No cuenta años. Evalúa cómo están funcionando los sistemas que nos mantienen vivos. Durante los últimos años los investigadores han desarrollado herramientas capaces de estimarla con una precisión cada vez mayor mediante los llamados relojes epigenéticos. Estos sistemas analizan modificaciones químicas del ADN que cambian con el tiempo y permiten calcular la velocidad a la que envejece una persona. La pregunta deja entonces de ser cuántos años tienes. La pregunta pasa a ser mucho más inquietante: ¿a qué velocidad está envejeciendo tu cuerpo?

El estudio que puso a prueba una de las grandes creencias del deporte

Un equipo de investigadores finlandeses decidió analizar esta cuestión utilizando una de las herramientas más valiosas de la epidemiología: el tiempo. Durante décadas siguieron a 22.750 gemelos adultos para estudiar cómo la actividad física influía sobre la mortalidad y el envejecimiento biológico. El tamaño de la muestra era enorme. La duración del seguimiento también. Y además incorporaron algunos de los relojes epigenéticos más avanzados disponibles en la actualidad, como GrimAge y DunedinPACE.

La hipótesis parecía evidente. Si el ejercicio protege frente a enfermedades cardiovasculares, mejora la sensibilidad a la insulina, reduce la inflamación y favorece la salud metabólica, entonces las personas más activas deberían presentar una edad biológica más joven que las sedentarias. Y hasta cierto punto fue exactamente eso lo que encontraron. Sin embargo, cuando los investigadores empezaron a profundizar en los datos apareció una realidad mucho más compleja que la narrativa habitual del «más es mejor».

La montaña lleva años enseñándonos algo que la ciencia acaba de confirmar

Los resultados mostraron que los mayores beneficios no aparecían necesariamente en quienes acumulaban más horas de ejercicio. Los participantes moderadamente activos y activos obtenían los mejores resultados globales. A partir de cierto punto, el incremento del volumen de actividad física dejaba de traducirse en mejoras proporcionales sobre los indicadores de envejecimiento biológico. La relación observada no era una línea recta ascendente. Se parecía más a una curva.

Esto no significa que entrenar mucho sea perjudicial. Tampoco significa que preparar una ultra o dedicar muchas horas a la montaña acelere el envejecimiento. Lo que significa es algo bastante más interesante. Significa que la salud no parece responder de forma infinita al aumento del entrenamiento. Hay un momento en el que seguir sumando volumen no genera necesariamente más juventud biológica.

Quien lleve años corriendo por montaña probablemente intuya esta idea incluso antes de leer el estudio. Porque la montaña está llena de ejemplos que la respaldan. Hay corredores que acumulan kilómetros de manera obsesiva y terminan encadenando lesiones, fatiga o agotamiento mental. Y también hay corredores que llevan décadas moviéndose con regularidad, sin perseguir continuamente el límite, manteniendo una capacidad física extraordinaria a edades avanzadas. La diferencia rara vez está en una sesión concreta. Suele estar en la sostenibilidad del proceso.

Correr ayuda. Pero no actúa solo

Uno de los hallazgos más interesantes del estudio apareció cuando los investigadores ajustaron los resultados para tener en cuenta otros factores relacionados con la salud. Variables como el tabaquismo, el consumo de alcohol, el índice de masa corporal o determinadas características genéticas explicaban parte de las diferencias observadas entre grupos. En otras palabras, la actividad física sigue siendo importante, pero no opera en el vacío.

Esto resulta especialmente relevante en una época en la que muchas veces atribuimos al entrenamiento capacidades casi mágicas. Salimos a correr para compensar una mala alimentación. Entrenamos más para contrarrestar semanas de estrés. Buscamos en los kilómetros una solución para problemas que en realidad pertenecen a otros ámbitos de la vida. Sin embargo, el organismo no separa esas experiencias en compartimentos estancos. El sueño, la nutrición, la recuperación, las relaciones sociales, el estrés o el consumo de sustancias forman parte del mismo sistema.

Quizá por eso algunos de los corredores más longevos del trail no destacan únicamente por su entrenamiento. Destacan porque han conseguido construir una vida alrededor de hábitos sostenibles durante décadas.

Lo que ocurre realmente cuando corres durante años

La buena noticia es que la evidencia científica sigue siendo contundente respecto a los beneficios del ejercicio. Los corredores habituales presentan mejores perfiles cardiovasculares, menor inflamación sistémica, mayor capacidad aeróbica y una mejor conservación de la masa muscular con el paso del tiempo. El famoso VO₂ máximo, uno de los mejores indicadores de salud y capacidad funcional que existen, suele mantenerse mucho mejor en personas físicamente activas que en sedentarias.

Eso ayuda a explicar por qué tantos corredores veteranos parecen desafiar al calendario. No porque hayan detenido el envejecimiento. No porque exista una fuente de juventud escondida entre senderos y crestas. Lo que ocurre es que determinadas funciones fisiológicas se deterioran más lentamente cuando el organismo recibe estímulos regulares durante años. El resultado es un cuerpo que sigue respondiendo cuando otros ya han empezado a limitarse.

La diferencia puede parecer sutil, pero es enorme. Correr no nos hace inmortales. Correr tampoco nos convierte automáticamente en personas más sanas. Lo que hace es aumentar las probabilidades de conservar durante más tiempo aquello que realmente valoramos: la capacidad de movernos, explorar, jugar y seguir sintiéndonos parte del mundo físico.

Dot McMahan
Dot McMahan. CRÉDITOS: Alison Wade

Un ejemplo extraordinario es el de Dot McMahan. En febrero de 2024, con 47 años, completó sus quintas pruebas de selección olímpica estadounidenses de maratón en 2:38:34, terminando entre las mejores corredoras del país en una jornada marcada por el calor y la humedad. Pero lo realmente sorprendente llegó después: en enero de 2026 volvió a lograr la mínima al correr el Maratón de Houston en 2:36:24, asegurándose la clasificación para sus sextas pruebas de selección olímpica consecutivas.

Mientras muchas atletas de su generación llevan años retiradas, McMahan sigue compitiendo al nivel necesario para disputar una plaza olímpica. Su caso ilustra perfectamente la diferencia entre edad cronológica y edad biológica: el calendario le atribuye casi cincuenta años, pero su capacidad funcional sigue situándola entre las mejores maratonianas estadounidenses del país.

La verdadera lección para quienes corremos montaña

Quizá el aspecto más valioso de este estudio sea que desmonta una falsa dicotomía. No se trata de elegir entre correr mucho o correr poco. Se trata de comprender que la relación entre actividad física y salud es más rica de lo que solemos imaginar. La juventud biológica no parece depender de un número mágico de kilómetros semanales. Tampoco de una aplicación que registre desnivel acumulado. Depende de la suma de decisiones que repetimos durante años.

La montaña nos enseña constantemente que los procesos importantes requieren tiempo. Ninguna cima se alcanza de un salto. Ningún bosque madura en una temporada. Ningún corredor construye una trayectoria de décadas a base de gestos heroicos aislados, como nos viene demostrando Miguel Heras. La salud parece seguir una lógica parecida.

Por eso la pregunta más interesante no es cuántos kilómetros vas a correr este año. La pregunta verdaderamente importante es otra: ¿podrás seguir disfrutando de la montaña dentro de veinte años?

Porque quizá ahí resida la mejor definición posible de juventud biológica.

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Referencias

Kankaanpää, A., Tolvanen, A., Joensuu, L., Waller, K., Heikkinen, A., Kaprio, J., Ollikainen, M., & Sillanpää, E. (2025). The associations of long-term physical activity in adulthood with later biological ageing and all-cause mortality: A prospective twin study. European Journal of Epidemiology, 40(1), 107–122.

Belsky, D. W., Caspi, A., Corcoran, D. L., Sugden, K., Poulton, R., Arseneault, L., … & Moffitt, T. E. (2022). DunedinPACE, a DNA methylation biomarker of the pace of aging. eLife, 11, e73420.

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