¿Puede el trail running seguir creciendo sin poner en riesgo la montaña que lo hace posible?

¿Ha crecido demasiado el UTMB? El debate sobre el futuro del trail running ya ha comenzado

El trail running vive el mejor momento de su historia. Nunca hubo tantos corredores, tantas carreras, tanta repercusión mediática ni tantas marcas apostando por este deporte. Los dorsales se agotan en cuestión de minutos, las retransmisiones llegan a millones de personas y pruebas que hace apenas veinte años reunían a unos cientos de apasionados se han convertido en acontecimientos capaces de transformar durante una semana la vida de pueblos enteros. Todo parece indicar que el trail continúa creciendo sin encontrar techo. Sin embargo, precisamente cuando ese crecimiento alcanza dimensiones impensables hace apenas dos décadas, empieza a surgir una pregunta que hasta hace poco casi nadie se atrevía a formular: ¿puede un deporte que depende de la naturaleza crecer indefinidamente sin poner en riesgo aquello que le da sentido?

La polémica ha estallado en Chamonix, la localidad que para muchos representa el corazón del trail running mundial. Las recientes declaraciones de su nuevo alcalde, François-Xavier Laffin, cuestionando el modelo de crecimiento del Ultra-Trail du Mont-Blanc han provocado una sacudida en toda la comunidad internacional. Sus palabras fueron interpretadas por algunos como un ataque frontal al UTMB y por otros como la primera voz institucional que se atreve a expresar un malestar creciente entre parte de la población local. Sin embargo, reducir esta discusión a un conflicto entre un alcalde y la carrera más famosa del planeta sería quedarse únicamente con el titular. Lo verdaderamente importante no es lo que ocurra con el UTMB, sino la pregunta que deja sobre la mesa y que, antes o después, tendrán que responder todas las grandes carreras de montaña.

Chamonix

El éxito nunca había sido tan grande

Resulta difícil exagerar lo que el UTMB ha significado para el trail running. Desde su primera edición, en 2003, la prueba ha pasado de ser una aventura casi desconocida a convertirse en el mayor escaparate mundial de este deporte. Hoy reúne a cerca de diez mil corredores repartidos entre distintas distancias, recibe participantes de más de un centenar de países y transforma durante varios días el valle de Chamonix en el principal punto de encuentro de corredores, marcas, medios de comunicación y aficionados. Ninguna otra carrera ha contribuido tanto a internacionalizar el trail ni a convertirlo en una disciplina profesional seguida por millones de personas.

Ese crecimiento ha traído consigo consecuencias enormemente positivas. La visibilidad alcanzada por el trail running ha permitido que muchos corredores puedan dedicarse profesionalmente a competir, ha impulsado una enorme innovación tecnológica en el material deportivo y ha generado una actividad económica que beneficia a numerosos territorios de montaña. Muchos pequeños municipios han encontrado en las carreras una forma de atraer visitantes fuera de las temporadas tradicionales de turismo, generando empleo, actividad hostelera y oportunidades para negocios locales que hace apenas unos años resultaban impensables.

Sería profundamente injusto ignorar todo lo que este deporte ha aportado a quienes viven en muchas zonas rurales. En numerosos pueblos, una carrera de montaña supone uno de los fines de semana con mayor actividad económica del año. Hoteles completos, restaurantes llenos, comercios abiertos y una enorme proyección internacional que difícilmente podría conseguirse por otros medios. El trail ha demostrado que la naturaleza también puede convertirse en un motor de desarrollo cuando se gestiona con inteligencia.

Precisamente por eso resulta tan incómodo plantear la posibilidad de que ese mismo éxito pueda empezar a generar problemas.

La montaña nunca fue un estadio

La diferencia entre un gran maratón urbano y una carrera de montaña parece evidente, pero pocas veces nos detenemos a pensar en sus consecuencias. Una ciudad puede reorganizar el tráfico durante unas horas, ampliar infraestructuras, habilitar nuevos espacios o absorber un incremento progresivo de participantes sin alterar de forma permanente el escenario donde se desarrolla la competición. La montaña, en cambio, funciona de otra manera. Un sendero no puede ensancharse cada vez que aumenta el número de corredores. Un bosque no dispone de nuevas plazas de aparcamiento. Un collado no puede recibir miles de personas adicionales sin que esa presencia termine dejando alguna huella.

Los ecosistemas poseen una capacidad limitada para absorber impactos, y esa capacidad no depende únicamente del número de dorsales que aparecen en la línea de salida. Cada corredor necesita desplazarse, cada acompañante ocupa espacio, cada retransmisión requiere infraestructuras, cada vehículo accede por pistas forestales y cada edición concentra durante unos días una intensidad de uso que la montaña no experimenta el resto del año. Incluso cuando las organizaciones desarrollan planes ambientales rigurosos, gestionan residuos de forma ejemplar y restauran los senderos tras la carrera, existe una realidad que no puede ignorarse: el territorio tiene límites físicos que ninguna organización puede modificar.

Quizá por eso la comparación con un estadio resulta tan engañosa. Un estadio está construido precisamente para soportar una gran concentración de personas. Un parque natural, una reserva de la biosfera o un valle alpino nunca fueron diseñados para eso. La montaña sigue siendo un ecosistema vivo donde conviven especies animales, vegetación, procesos ecológicos y comunidades humanas que permanecen allí cuando desaparecen los corredores, las cámaras de televisión y los patrocinadores.

Lo que realmente ha dicho el nuevo alcalde

Gran parte de la polémica nace de una frase pronunciada por François-Xavier Laffin en una entrevista concedida al diario francés L’Équipe, donde afirmaba que una parte importante de los habitantes de Chamonix ya no soporta el impacto que genera el UTMB. Aquellas palabras recorrieron inmediatamente las redes sociales y fueron interpretadas como una declaración de guerra contra la carrera más importante del mundo. Sin embargo, una lectura completa de sus declaraciones permite entender un planteamiento bastante más complejo.

Laffin no cuestiona el trail running como deporte ni propone prohibir el UTMB. Lo que pone en duda es el modelo de crecimiento que ha seguido el evento durante los últimos años y la capacidad del valle para seguir absorbiendo una presión turística cada vez mayor. Desde su punto de vista, el problema no aparece únicamente durante la semana de la carrera. El valle de Chamonix vive desde hace años una presión constante derivada del turismo de montaña, del alpinismo, del senderismo, de la escalada y del enorme atractivo internacional que ejerce el macizo del Mont Blanc. El UTMB representa el momento de mayor intensidad, pero no constituye el origen del problema.

Entre las medidas planteadas por el nuevo equipo municipal aparecen propuestas como concentrar las actividades comerciales en espacios concretos, reducir la ocupación del centro urbano por parte de las marcas, revisar el crecimiento futuro del evento y abrir un debate sobre la capacidad real del territorio para seguir acogiendo una cita de estas dimensiones. Más que una oposición frontal a la carrera, lo que plantea el Ayuntamiento es una reflexión sobre hasta dónde resulta sostenible continuar creciendo.

La respuesta del UTMB

Desde la organización del UTMB la visión es necesariamente distinta. Resulta difícil discutir que el evento constituye uno de los mayores motores económicos del valle y uno de los principales escaparates internacionales de Chamonix. Cada edición atrae a decenas de miles de visitantes, genera millones de euros de impacto económico y proyecta una imagen de la región que muy pocas campañas institucionales podrían igualar. Además, durante los últimos años la organización ha desarrollado numerosas iniciativas destinadas a reducir su huella ambiental, fomentar el uso del transporte público, limitar determinadas emisiones y colaborar con programas de conservación del entorno.

El argumento principal del UTMB resulta comprensible. El crecimiento del trail running ha permitido que este deporte alcance una madurez impensable hace apenas dos décadas, y buena parte de esa evolución ha sido posible gracias al papel desempeñado por pruebas como esta. Limitar de forma drástica ese desarrollo podría afectar no solo a la organización, sino también a cientos de empresas, trabajadores, voluntarios y pequeños negocios cuya actividad depende en gran medida de la celebración del evento.

Sin embargo, precisamente porque ambos argumentos poseen una parte importante de razón, la discusión deja de ser un enfrentamiento entre buenos y malos para convertirse en un debate mucho más incómodo. El Ayuntamiento tiene la obligación de proteger un territorio donde viven miles de personas durante todo el año. La organización tiene la responsabilidad de garantizar el futuro de una prueba que ha contribuido decisivamente al crecimiento del trail running. Y entre ambas posiciones aparece una pregunta que probablemente marcará el futuro de este deporte: ¿cómo seguir creciendo sin poner en riesgo aquello que hizo posible ese crecimiento?

El debate ya no pertenece solo a Chamonix

Sería un error pensar que esta discusión termina en el valle del Mont Blanc. De hecho, lo más probable es que Chamonix solo haya sido el primer lugar donde alguien ha decidido verbalizar una pregunta que muchas organizaciones, administraciones y gestores de espacios naturales llevan tiempo haciéndose en privado. El crecimiento del trail running no afecta únicamente a una carrera concreta. Afecta a un modelo de desarrollo que durante años ha asociado el éxito con una idea aparentemente incuestionable: cada edición debía reunir más corredores, atraer más patrocinadores, generar más repercusión y convertirse en un acontecimiento mayor que el del año anterior.

Ese planteamiento resulta perfectamente comprensible desde el punto de vista empresarial. Cualquier organización desea consolidar su prueba, mejorar su viabilidad económica y ofrecer una experiencia cada vez más atractiva. Sin embargo, la lógica del crecimiento continuo encuentra un límite cuando el escenario donde se desarrolla la actividad no es una instalación deportiva, sino un ecosistema. La montaña no entiende de estrategias de marketing ni de balances económicos. Un sendero no puede ampliarse porque las inscripciones se hayan agotado en diez minutos. Un bosque no genera más capacidad de acogida porque una retransmisión consiga millones de espectadores. Los procesos ecológicos siguen funcionando al mismo ritmo independientemente del éxito comercial que alcance una carrera.

Por esa razón, la verdadera cuestión no consiste en decidir si el UTMB tiene demasiados participantes. La pregunta mucho más relevante es si el trail running puede seguir utilizando como único indicador de éxito el crecimiento permanente o si ha llegado el momento de incorporar un nuevo criterio: la capacidad del territorio para soportar ese crecimiento sin perder precisamente aquello que lo hace único.

La montaña lleva años avisándonos

Lo cierto es que esta conversación no resulta nueva para quienes trabajan en conservación de espacios naturales. Durante las últimas décadas, algunos de los lugares más emblemáticos del planeta han tenido que establecer límites de acceso precisamente porque el éxito turístico empezaba a amenazar aquello que los convertía en destinos excepcionales. Machu Picchu ha reducido el número de visitantes diarios y ha diseñado itinerarios obligatorios para proteger el yacimiento arqueológico. Yosemite regula el acceso a determinadas zonas durante las épocas de mayor afluencia. Cinque Terre ha limitado el paso por algunos senderos especialmente frágiles y el Everest ha abierto un debate internacional sobre la necesidad de controlar el número de permisos de ascensión para reducir la saturación de la montaña más alta del planeta.
Esa misma idea de cuidar el territorio antes de lamentar su pérdida la desarrollábamos en «Cuando arde la montaña, no perdemos solo un bosque».

En todos esos casos apareció inicialmente una reacción muy parecida a la que hoy se observa en el mundo del trail. Muchos interpretaron las restricciones como un obstáculo para el desarrollo económico o como un intento de limitar la libertad de acceso a la naturaleza. Sin embargo, con el paso del tiempo ha ido imponiéndose una idea mucho más sencilla: cuando un lugar extraordinario atrae cada vez a más personas, protegerlo deja de ser una opción para convertirse en la única forma de garantizar que siga existiendo.

La montaña no pierde valor porque se limite el número de visitantes. Lo pierde cuando deja de parecerse a sí misma.

Un deporte que nació buscando silencio

Existe además una paradoja que merece una reflexión mucho más profunda. Buena parte de quienes comenzaron a correr por la montaña hace veinte o treinta años lo hicieron precisamente porque buscaban algo diferente a lo que ofrecían otros deportes. Mientras el atletismo popular llenaba las calles de las grandes ciudades y las maratones multiplicaban año tras año su número de participantes, el trail representaba una forma distinta de entender la competición. No se trataba únicamente de correr más despacio o sobre un terreno diferente. Lo que realmente cambiaba era la relación con el entorno.
Una relación que también se construye a través de los pequeños detalles que hacen única la experiencia de correr por la montaña, como el olor de la tierra mojada que analizábamos en «El petricor y otros olores de la naturaleza».

La montaña ofrecía silencio donde el asfalto ofrecía ruido. Permitía descubrir pueblos olvidados, senderos apenas transitados y paisajes donde la competición seguía ocupando un lugar secundario frente a la experiencia de recorrer el territorio. La mayoría de las carreras nacieron gracias al trabajo de clubes locales, asociaciones de montaña y pequeños municipios que entendían el deporte como una celebración compartida del paisaje que habitaban durante todo el año.

Ese origen explica por qué el debate actual resulta tan incómodo. El trail no nació para convertirse en un espectáculo de masas. Nació, en buena medida, huyendo de la masificación que ya experimentaban otras disciplinas deportivas. Precisamente por eso resulta inevitable preguntarse si, empujado por su propio éxito, corre el riesgo de reproducir exactamente aquello de lo que un día quiso escapar.

No sería la primera vez que ocurre. Muchas actividades vinculadas inicialmente a la naturaleza terminaron transformándose en fenómenos turísticos de enorme impacto. El senderismo, el alpinismo, el surf o incluso el esquí vivieron procesos parecidos. El reto consiste en aprender de esas experiencias antes de que el crecimiento resulte imposible de gestionar.

Una oportunidad para hacer las cosas mejor

Quizá la mayor enseñanza que deja la polémica de Chamonix sea que todavía estamos a tiempo de decidir qué modelo de trail running queremos construir durante las próximas décadas. La respuesta no pasa necesariamente por reducir carreras, impedir que nuevos corredores descubran la montaña o convertir los espacios naturales en lugares inaccesibles. Tampoco consiste en aceptar que cualquier crecimiento resulta automáticamente positivo porque genera riqueza económica. Como casi siempre ocurre en la gestión del territorio, las mejores soluciones suelen encontrarse lejos de los extremos.

Probablemente haya llegado el momento de hablar con mayor naturalidad de conceptos como capacidad de carga, planificación territorial, movilidad sostenible, límites de participación o redistribución de eventos a lo largo del calendario. También será necesario fortalecer el transporte colectivo, minimizar el uso del vehículo privado, descentralizar determinadas actividades comerciales y continuar mejorando las medidas ambientales que muchas organizaciones ya están implantando. Ninguna de estas actuaciones resolverá por sí sola el problema, pero todas forman parte de un cambio de mentalidad que quizá resulte inevitable.

El éxito del trail running no debería medirse únicamente por el número de dorsales vendidos ni por la audiencia de una retransmisión. También debería valorarse por la capacidad de las carreras para dejar el territorio exactamente igual que lo encontraron, por el respeto hacia quienes viven en esos lugares durante todo el año y por la conservación de unos paisajes que constituyen el verdadero patrimonio de este deporte.

La pregunta que llegará a todas las carreras

Resulta ingenuo pensar que esta discusión quedará encerrada entre las montañas de Chamonix. Si el debate sobre los límites del crecimiento ha llegado al UTMB es precisamente porque representa el mayor escaparate mundial del trail. Sin embargo, las mismas preguntas podrían plantearse dentro de unos años en Zegama, en Sierre-Zinal, en Transvulcania, en Hardrock, en Western States o incluso en pruebas mucho más modestas cuya popularidad aumenta cada temporada. Allí donde una carrera crece de forma continuada, tarde o temprano aparecerá la necesidad de preguntarse cuánto puede soportar realmente el territorio que la acoge.

Quizá algunas organizaciones opten por mantener el número de participantes y mejorar la calidad de la experiencia en lugar de seguir ampliando el volumen de inscripciones. Tal vez otras decidan diversificar recorridos, limitar la presencia de espectadores en zonas especialmente sensibles o reforzar su colaboración con gestores ambientales y comunidades locales. Lo importante no será aplicar una única solución, sino comprender que el éxito de una carrera no puede desligarse de la salud del ecosistema que la hace posible.

Porque la montaña no pertenece a las organizaciones, ni a los patrocinadores, ni siquiera a quienes corremos por ella. La montaña estaba allí mucho antes de que existiera el trail running y seguirá estando cuando nosotros dejemos de recorrer sus senderos. Nuestra responsabilidad consiste precisamente en conseguir que continúe siendo reconocible para quienes vengan detrás.

Quizá dentro de unos años recordemos las declaraciones del alcalde de Chamonix no como el comienzo de una guerra contra el UTMB, sino como el momento en que el trail running empezó a hacerse adulto. El momento en que comprendió que crecer no siempre significa ser más grande y que, en ocasiones, la decisión más inteligente consiste precisamente en aceptar que la naturaleza también tiene derecho a decir «hasta aquí».

Porque el verdadero éxito de este deporte nunca debería consistir en llenar todas las montañas de corredores.

Debería consistir en que, dentro de cincuenta años, esas montañas sigan mereciendo la pena ser recorridas.

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