Petricor y otros olores de la naturaleza que hacen único el trail running

El olor de la montaña

Hay días en los que no recuerdas el ritmo. Ni la distancia. Ni siquiera el desnivel acumulado. Lo que permanece es otra cosa. El olor de la tierra después de la lluvia. El aroma de los pinos calentados por el sol. El tomillo que explota bajo una zapatilla. La humedad fría de un barranco escondido. El monte tiene una banda sonora, pero también tiene un perfume. Y la ciencia lleva décadas descubriendo que esos olores no solo forman parte del paisaje: también forman parte de nuestra relación más antigua con la naturaleza.

El olor que anuncia la lluvia

Pocas experiencias son tan universales como percibir el olor de la lluvia antes incluso de verla. Una nube se aproxima, el aire cambia y, de repente, aparece ese aroma terroso que parece salir de las piedras, de la tierra y de los caminos.

Tiene nombre: se llama petricor.

La palabra fue acuñada en 1964 por los investigadores australianos Isabel Joy Bear y Richard Thomas para describir el aroma característico que surge cuando las primeras gotas impactan sobre un suelo seco. Durante años se pensó que era simplemente «olor a tierra mojada». Hoy sabemos que detrás existe una compleja combinación de procesos biológicos y químicos.

Uno de sus protagonistas es la geosmina, una molécula producida por bacterias del suelo del género Streptomyces. Cuando la lluvia golpea la superficie, libera diminutas partículas cargadas de geosmina que ascienden al aire y llegan a nuestra nariz. Lo sorprendente es que los seres humanos podemos detectarla en concentraciones extremadamente bajas, del orden de partes por billón.

No es casualidad.

Algunos investigadores creen que esta sensibilidad pudo ofrecer ventajas evolutivas a nuestros antepasados. Detectar la presencia de agua, humedad y ecosistemas fértiles era una cuestión de supervivencia mucho antes de que existieran relojes GPS o mapas digitales.

Quizá por eso el petricor provoca algo tan difícil de explicar. No parece un olor nuevo. Parece un recuerdo.

Correr dentro de una nube química

Cuando atravesamos un bosque solemos pensar en árboles. Pero en realidad estamos atravesando una atmósfera química invisible.

Pinos, sabinas, enebros, abetos y encinas liberan continuamente compuestos orgánicos volátiles al ambiente. Son sustancias que utilizan para comunicarse, defenderse de insectos o responder a agresiones externas. Entre ellas destacan moléculas como el alfa-pineno, el beta-pineno o el limoneno, responsables de ese olor fresco y resinoso que asociamos inmediatamente con el monte.

La ciencia japonesa lleva años estudiando estos compuestos dentro del concepto de shinrin-yoku, conocido popularmente como «baño de bosque». Las investigaciones lideradas por Qing Li mostraron que la exposición a bosques ricos en fitoncidas se relaciona con reducciones del cortisol, descensos de la frecuencia cardíaca y mejoras en distintos indicadores fisiológicos y psicológicos.

No significa que un pinar sea una farmacia.

Significa algo más interesante.

Que nuestro cuerpo sigue respondiendo a señales químicas que llevan millones de años formando parte del entorno natural.

El Mediterráneo también tiene su perfume

Quien corre por senderos de la península ibérica conoce perfectamente otro conjunto de aromas.

La jara en primavera.

El romero calentado por el sol.

El tomillo que se libera al rozarlo.

La lavanda que aparece en algunas laderas.

Cada una de estas plantas produce aceites esenciales ricos en terpenos y compuestos aromáticos. Son mecanismos de defensa frente a herbívoros, sequías o enfermedades. Nosotros, sin embargo, los percibimos como una parte inseparable de la experiencia de correr por el monte.

Hay rutas que podrían reconocerse con los ojos cerrados.

Bastaría con seguir el olor.

Los corredores solemos hablar de paisajes visuales, pero existe también un paisaje olfativo que cambia con las estaciones, la altitud, la humedad o la hora del día.

El olor de la tormenta que todavía no ha llegado

A veces la lluvia aún no ha empezado y, sin embargo, sabemos que se acerca.

El aire adquiere un matiz diferente. Más frío. Más metálico. Más eléctrico.

En parte se debe al ozono.

Las tormentas generan pequeñas cantidades de esta molécula que pueden ser transportadas por las corrientes de aire antes de que lleguen las precipitaciones. Nuestro olfato es capaz de detectarlo y convertirlo en una señal de aviso.

Los montañeros llevan siglos interpretando estos cambios sin conocer la química que hay detrás.

La ciencia simplemente ha puesto nombre a una intuición antigua.

Lo que realmente buscamos cuando salimos a correr

La industria del running habla constantemente de ritmos, pulsaciones, vatios y métricas de rendimiento. Son herramientas útiles. Pero ninguna explica por qué un corredor decide madrugar para subir una montaña antes del amanecer.

Ninguna explica por qué seguimos buscando senderos cuando podríamos correr en una cinta.

Ninguna explica la sensación de detenerse unos segundos en mitad de un bosque simplemente para respirar.

Quizá porque correr por la montaña nunca ha consistido únicamente en correr.

Consiste en escuchar.

Consiste en observar.

Y también consiste en oler.

Cuando el petricor anuncia una tormenta. Cuando el pinar desprende resina bajo el calor del verano. Cuando el tomillo invade un sendero después de una semana de lluvia. Cuando el aire frío de una vaguada nos recuerda que aún queda nieve escondida en algún rincón de la montaña.

Todo eso forma parte de la experiencia.

No aparece en Strava.

No figura en los resultados.

No cuenta para la clasificación.

Y, sin embargo, es una de las razones por las que seguimos volviendo.

Porque hay olores que no mejoran nuestro rendimiento.

Mejoran algo mucho más importante.

Nuestra forma de habitar la montaña.

Referencias

Bear, I. J., & Thomas, R. G. (1964). Nature of argillaceous odour. Nature, 201, 993–995.

Li, Q., et al. (2007). A forest bathing trip increases human natural killer activity and expression of anti-cancer proteins. International Journal of Immunopathology and Pharmacology, 20(2), 3–8.

Li, Q. (2010). Effect of forest bathing trips on human immune function. Environmental Health and Preventive Medicine, 15(1), 9–17.

Park, B. J., et al. (2010). The physiological effects of Shinrin-yoku. Environmental Health and Preventive Medicine, 15(1), 18–26.

Bakkali, F., Averbeck, S., Averbeck, D., & Idaomar, M. (2008). Biological effects of essential oils. Food and Chemical Toxicology, 46(2), 446–475.

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