Mujeres y ultradistancia: ¿por qué ellas resisten mejor?

Durante décadas hemos comparado el rendimiento de hombres y mujeres preguntándonos quién corre más rápido. La fisiología del endurance empieza ahora a plantear una pregunta diferente y especialmente relevante cuando hablamos de maratón, trail y ultradistancia: qué ocurre con ese rendimiento cuando pasan las horas y llega la fatiga. Un estudio publicado en 2026 con corredores y corredoras de trail altamente entrenados ha encontrado que ellas conservaron mejor algunas de sus capacidades durante tres horas de carrera, hasta el punto de que su velocidad en esfuerzos repetidos de subida apenas se deterioró frente a una caída mucho mayor entre los hombres. No significa que las mujeres sean mejores ultracorredoras ni que la distancia elimine las diferencias entre sexos, pero introduce una variable que puede cambiar nuestra forma de entender la resistencia: quizá no importe únicamente cuánto rendimiento tienes al empezar, sino cuánto eres capaz de conservar cuando llevas horas corriendo.

Rachel Entrekin. Corredora estadounidense de élite especializada en ultramaratón y fisioterapeuta, conocida principalmente por sus resultados en carreras de trail de larga distancia y pruebas de montaña.

Durante buena parte de la historia de la fisiología deportiva hemos intentado explicar quién corre más mediante unas cuantas variables medidas casi siempre en condiciones ideales. El VO₂max, el umbral de lactato y la economía de carrera han servido para construir buena parte de nuestro conocimiento sobre el rendimiento de resistencia y continúan siendo herramientas extraordinariamente útiles. El problema es que normalmente las medimos cuando el deportista llega descansado al laboratorio, después de dormir, alimentarse y recuperarse correctamente, mientras que una maratón o una ultra se deciden precisamente cuando ese corredor fresco hace mucho tiempo que ha desaparecido. Una revisión metodológica publicada en 2025 sobre la durabilidad como índice del rendimiento de resistencia resume este cambio de perspectiva: los parámetros fisiológicos que utilizamos para describir a un deportista se deterioran durante el ejercicio prolongado y la capacidad para resistir ese deterioro puede constituir por sí misma una característica relevante del rendimiento.

A esa capacidad se la está denominando durability, que podemos traducir como durabilidad, aunque el concepto necesita alguna precisión. En la literatura reciente existe todavía discusión sobre la terminología, y algunos investigadores proponen reservar «durabilidad» para la capacidad de conservar variables externas como la velocidad o la potencia y utilizar «resiliencia fisiológica» cuando hablamos del deterioro de los determinantes fisiológicos que sostienen ese rendimiento. Más allá de las palabras, la idea resulta tremendamente intuitiva para cualquiera que haya corrido durante varias horas: dos corredores pueden parecer muy similares al comenzar y convertirse en deportistas completamente diferentes cuando acumulan treinta, cincuenta o cien kilómetros. La cuestión ya no consiste únicamente en conocer el motor que cada uno tiene, sino en averiguar cuánto queda de ese motor después de utilizarlo durante mucho tiempo.

Tres horas corriendo para comprobar quién se deteriora menos

El estudio publicado en 2026 en Scandinavian Journal of Medicine & Science in Sports por Diego Jaén-Carrillo, Christina D. Bruce, Justin S. Lawley y Michele Zanini intentó responder precisamente a esa pregunta incorporando una variable que hasta ahora apenas había sido estudiada: el sexo. Los investigadores seleccionaron once mujeres y once hombres altamente entrenados y emparejados por nivel de rendimiento, todos ellos corredores habituados al trail, y los sometieron a varias visitas de laboratorio que incluían una prueba incremental, una contrarreloj de doce minutos en subida y, posteriormente, una sesión de tres horas corriendo en cinta a intensidad moderada en la que debían repetir esa contrarreloj en subida cada sesenta minutos.

El diseño es importante porque permitió observar simultáneamente qué ocurría con el rendimiento, el metabolismo, la función neuromuscular y la biomecánica conforme aparecía la fatiga. También introduce una limitación que debemos tener presente desde el principio: hombres y mujeres corrieron durante el mismo tiempo, no la misma distancia. Ellas recorrieron de media unos 36 kilómetros y ellos aproximadamente 42, una decisión metodológica adoptada para poder comparar los cambios producidos en puntos temporales equivalentes. Los propios autores advierten de que será necesario comprobar si las diferencias observadas permanecen cuando ambos sexos afrontan exactamente la misma distancia, de modo que utilizar este estudio para afirmar que «las mujeres son mejores en las ultras» sería ir bastante más lejos de lo que permiten sus datos.

Lo que ocurrió durante aquellas tres horas, sin embargo, resulta muy interesante. Después del ejercicio prolongado, la velocidad de los hombres en la contrarreloj en subida había disminuido aproximadamente un 10 %, mientras que en las mujeres la reducción fue de alrededor del 1 %. Las corredoras mostraron además una mayor capacidad para conservar la fuerza isométrica máxima de los extensores de rodilla, mientras que los hombres experimentaron un deterioro apreciable a partir de las dos horas. También aparecieron diferencias en algunas respuestas metabólicas y cardiovasculares: ellas mostraron un menor desplazamiento en la utilización de sustratos y una menor deriva cardiovascular durante la carrera sostenida. La economía de carrera, en cambio, empeoró de manera similar en ambos sexos y las modificaciones biomecánicas no dibujaron una ventaja femenina generalizada. El hallazgo, por tanto, no consiste en que todo funcione mejor en las mujeres cuando aparece la fatiga, sino en que determinadas capacidades metabólicas, cardiovasculares y neuromusculares parecieron resistir mejor el paso de las horas.

Tener más no siempre significa perder menos

Esta distinción ayuda a entender por qué la durabilidad puede convertirse en una variable especialmente importante para el trail y la ultradistancia. Los hombres mantienen, en términos generales, una ventaja absoluta en numerosas variables determinantes del rendimiento. Las diferencias hormonales y anatómicas contribuyen a una mayor masa muscular, mayores concentraciones de hemoglobina, mayor capacidad de transporte de oxígeno y otras características que explican buena parte de la brecha observada entre hombres y mujeres en numerosas disciplinas. Una revisión publicada en abril de 2026 sobre las bases fisiológicas de las diferencias entre sexos en el rendimiento sitúa esa diferencia habitualmente alrededor del 10-15 % en muchos deportes, con una ventaja masculina especialmente clara cuando aumentan las exigencias de fuerza y potencia.

Sin embargo, disponer inicialmente de una capacidad superior y conservar mejor esa capacidad durante muchas horas son cuestiones distintas. La misma revisión señala características fisiológicas femeninas potencialmente favorables durante el ejercicio submáximo prolongado, entre ellas una mayor oxidación de grasas, una menor dependencia relativa de los carbohidratos y una mayor resistencia a determinados tipos de fatiga. El estrógeno se ha relacionado con parte de estas diferencias metabólicas, mientras que también existen diferencias en composición y características del músculo esquelético que podrían contribuir a explicar por qué las mujeres resultan menos fatigables en determinadas tareas. Ninguno de estos mecanismos actúa de manera aislada ni permite predecir automáticamente el resultado de una ultra, pero todos ayudan a comprender por qué la ventaja inicial masculina podría comportarse de manera diferente cuando el ejercicio deja de medirse en minutos y empieza a medirse en horas.

El propio estudio de Jaén-Carrillo y colaboradores aporta una pista interesante en este sentido. Durante las contrarrelojes repetidas, los hombres mostraron mayores reducciones en el pico de lactato sanguíneo y cambios metabólicos más pronunciados conforme avanzaba el ejercicio, mientras que las mujeres conservaron mejor algunas de esas respuestas. En paralelo, la fuerza extensora de rodilla permaneció más estable entre ellas. Son resultados compatibles con una mayor resiliencia metabólica y neuromuscular femenina, pero todavía estamos ante una muestra de solo 22 deportistas y un protocolo de laboratorio de tres horas. La prudencia aquí no resta interés al hallazgo; al contrario, permite entender exactamente qué hemos aprendido y qué falta todavía por demostrar.

El maratón de Berlín nos ofrece otra pista

Apenas dos meses después de aquel trabajo apareció una pieza especialmente interesante del puzle, esta vez fuera del laboratorio. Un estudio publicado en julio de 2026 en Scientific Reports sobre las diferencias entre hombres y mujeres en el ritmo del Maratón de Berlín analizó nada menos que 873.334 finalistas entre 1999 y 2025. Los investigadores estudiaron cuánto se ralentizaban los corredores durante la segunda mitad y definieron «chocar contra el muro» como sufrir una desaceleración igual o superior al 20 % respecto a la primera mitad.

Los resultados fueron contundentes. Los hombres redujeron su ritmo una media del 10,73 %, frente al 8,34 % de las mujeres, y el 17,63 % de ellos alcanzó el criterio utilizado para definir el «muro», frente al 9,66 % de ellas. En términos brutos, los corredores masculinos tuvieron aproximadamente el doble de probabilidades de sufrir ese hundimiento, y la diferencia permaneció después de ajustar por edad y categoría de rendimiento. Entre los participantes capaces de bajar de tres horas, además, el fenómeno fue todavía más llamativo: los hombres presentaron aproximadamente seis veces más probabilidad de sufrir esa desaceleración extrema que las mujeres, aunque la incidencia absoluta fue pequeña en ambos grupos.

Sería tentador conectar directamente estos datos con el estudio fisiológico y concluir que los hombres chocan más contra el muro porque su organismo es menos durable, pero hacerlo sería científicamente incorrecto. Los autores del trabajo de Berlín señalan expresamente que junto a los factores fisiológicos pueden intervenir diferencias conductuales y estratégicas, incluida una tendencia masculina a adoptar ritmos iniciales más agresivos. Precisamente ahí reside lo interesante: el laboratorio muestra una mayor resiliencia femenina en determinadas variables durante ejercicio prolongado y los datos de cientos de miles de maratonianos muestran una mayor estabilidad del ritmo entre las mujeres, pero todavía necesitamos comprender cuánto corresponde a fisiología, cuánto a estrategia y cómo interactúan ambas cosas.

¿Y qué ocurre cuando pasamos del asfalto a la montaña?

La respuesta se complica todavía más en trail running porque la distancia deja de ser una medida suficiente de la exigencia. El desnivel, la altitud, la tecnicidad, las bajadas, la duración total, las condiciones ambientales y la necesidad de transportar material modifican profundamente la demanda fisiológica. El estudio de 2026 resulta especialmente valioso precisamente porque utilizó corredores de trail e incorporó contrarrelojes en subida, pero eso tampoco significa que podamos trasladar sus resultados directamente a una Western States, un UTMB o un Tor des Géants.

De hecho, la montaña puede introducir factores que aumenten nuevamente algunas diferencias entre sexos. Un análisis publicado en Sports Medicine – Open sobre las diferencias de rendimiento entre hombres y mujeres en mountain ultra-trail advierte de que el desnivel y las características del terreno pueden modificar sustancialmente la brecha. En subida, la relación entre masa magra y masa corporal adquiere una importancia enorme, mientras que las bajadas introducen componentes excéntricos, técnicos y neuromusculares que complican cualquier predicción basada exclusivamente en el metabolismo. Por eso no existe una distancia mágica a partir de la cual las mujeres empiecen inevitablemente a alcanzar a los hombres.

Los datos reales de las grandes ultras ayudan a poner freno a esa idea. La revisión publicada en 2026 recoge, por ejemplo, diferencias en los récords de recorrido de aproximadamente el 18,5 % en la OCC, el 14,2 % en la CCC y el 12,9 % en el UTMB, mientras que otras pruebas de ultradistancia presentan brechas superiores. No existe, por tanto, una relación sencilla según la cual añadir kilómetros vaya reduciendo inevitablemente la diferencia hasta hacerla desaparecer. La participación femenina, la profundidad competitiva, el desnivel, la estrategia, la nutrición, la edad y las características concretas de cada prueba pueden modificar enormemente el resultado.

Aun así, existen contextos en los que la brecha se reduce de manera sorprendente. Un estudio de 2024 sobre ultramaratones con una participación comparable de hombres y mujeres encontró diferencias globales de solo alrededor del 1-3 % en pruebas de 50 y 100 millas, aunque los mejores hombres conservaron una ventaja considerable en algunas comparaciones y el diseño no permite convertir ese resultado en una regla general para la ultradistancia. El dato es especialmente relevante porque la representación femenina ha sido históricamente mucho menor en las ultras, lo que reduce el número de mujeres entre las que puede emerger talento excepcional y dificulta comparar directamente las mejores marcas de ambos sexos.

Quizá llevábamos años midiendo al corredor equivocado

La aparición del concepto de durabilidad plantea una cuestión que va mucho más allá de las diferencias entre hombres y mujeres. Durante décadas hemos construido perfiles fisiológicos extraordinariamente detallados de corredores descansados, pero una competición de resistencia no premia al atleta que obtiene mejores resultados en el laboratorio después de 48 horas de recuperación. Premia a quien consigue transformar esas capacidades en velocidad durante toda la carrera y, especialmente en ultradistancia, a quien logra conservarlas cuando el cansancio acumulado empieza a modificar el metabolismo, la fuerza, la biomecánica y la percepción del esfuerzo.

Un estudio con participantes del Maratón de Londres publicado en 2025 encontró precisamente que algunos determinantes fisiológicos del rendimiento se deterioraban después de 90 minutos de carrera y que una menor pérdida de la velocidad asociada al umbral de lactato se relacionaba con mejores tiempos de maratón. La muestra era pequeña y no permite convertir la durabilidad en el nuevo número mágico del entrenamiento, pero añade evidencia a una idea cada vez más sólida: saber lo bueno que eres cuando estás fresco puede no bastar para explicar lo bueno que serás después de varias horas corriendo.

Para el trail esta perspectiva resulta especialmente sugerente. Quizá dentro de unos años las evaluaciones de rendimiento no se limiten a medir VO₂max, economía de carrera o umbrales al comienzo de una sesión, sino que intenten determinar cuánto se deterioran después de acumular una determinada cantidad de trabajo. Eso permitiría diferenciar a dos corredores con valores iniciales similares pero capacidades completamente distintas para conservarlos, estudiar cómo responde esa durabilidad al entrenamiento y, eventualmente, diseñar estrategias diferentes según el sexo, la distancia y las características de cada prueba. La investigación se encuentra todavía en una fase demasiado temprana para convertir todo esto en recetas de entrenamiento específicas, pero el cambio conceptual ya está ocurriendo.

Ellas resisten mejor, pero no simplifiquemos la historia

Durante años ha circulado una afirmación especialmente atractiva alrededor de la ultradistancia: cuanto más larga sea la carrera, mayores serán las posibilidades de que las mujeres terminen siendo mejores que los hombres. Existen victorias femeninas absolutas extraordinarias y argumentos fisiológicos que permiten comprender por qué determinadas características del organismo femenino pueden resultar favorables cuando el esfuerzo se prolonga, pero convertir esos casos y mecanismos en una ley general significa ignorar buena parte de la evidencia disponible. Los hombres continúan manteniendo mejores marcas absolutas en la mayoría de las grandes pruebas de ultradistancia y la magnitud de la diferencia cambia enormemente según recorrido, desnivel, nivel competitivo y participación femenina.

Lo que la investigación de 2026 permite plantear es algo menos espectacular como titular, pero mucho más interesante desde el punto de vista fisiológico. Cuando hombres y mujeres altamente entrenados y de nivel comparable comenzaron a acumular horas de carrera, ellas perdieron menos rendimiento en los esfuerzos de subida y conservaron mejor determinadas respuestas metabólicas, cardiovasculares y neuromusculares. Y mientras el laboratorio encontraba esa diferencia, los datos de casi 900.000 maratonianos mostraban que las mujeres también gestionaban de manera más estable la segunda mitad de una carrera real y chocaban contra el muro con mucha menor frecuencia. Son dos piezas distintas que no debemos confundir, pero ambas apuntan hacia una pregunta que merece mucha más investigación.

Quizá durante demasiado tiempo hayamos comparado a hombres y mujeres mirando únicamente quién era capaz de producir más rendimiento cuando ambos estaban frescos. La ultradistancia obliga a mirar en otra dirección, porque después de cinco, diez o veinte horas ya no importa solamente cuánto tenías en la salida, sino cuánto has conseguido conservar por el camino. Si la nueva ciencia de la durabilidad confirma que existen diferencias consistentes entre sexos en esa capacidad de resistir el deterioro, tendremos que revisar parte de nuestra forma de entender, evaluar y quizá también entrenar el rendimiento de resistencia.

No sabemos todavía hasta dónde conduce ese camino y sería absurdo utilizar un estudio de 22 corredores para proclamar que las mujeres están destinadas a dominar las ultras. Lo que sí sabemos es que el rendimiento no permanece intacto conforme pasan las horas y que la velocidad inicial cuenta solo una parte de la historia. Cuando la carrera se alarga, aparece otra competición mucho menos visible contra el deterioro del propio cuerpo, y la evidencia más reciente sugiere que, en algunas de sus piezas fundamentales, ellas pueden estar mejor preparadas para resistirla.

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Referencias

Jaén-Carrillo, D., Bruce, C. D., Lawley, J. S., & Zanini, M. (2026). Highly Trained Female Runners Show Greater Durability and Physiological Resilience Than Performance-Matched Male Counterparts. Scandinavian Journal of Medicine & Science in Sports. https://doi.org/10.1111/sms.70299

Holdsworth, D. A., O’Leary, T. J., Doig, C. L., et al. (2026). Physiological Basis of Sex Differences in Human Performance and Exercise-Associated Pathology. Clinical Endocrinology. https://doi.org/10.1111/cen.70150

Seffrin, A., Villiger, E., Andrade, M. S., et al. (2026). Sex differences in marathon pacing: analysis of 873,000 Berlin marathon runners reveals men are twice as likely to “hit the wall”. Scientific Reports, 16, 19529.

Tiller, N. B., & Illidi, C. R. (2024). Sex differences in ultramarathon performance in races with comparable numbers of males and females. Applied Physiology, Nutrition, and Metabolism, 49(8), 1129-1136. https://doi.org/10.1139/apnm-2024-0051

Hunter, B., Maunder, E., Jones, A. M., Gallo, G., & Muniz-Pumares, D. (2025). Durability as an index of endurance exercise performance: Methodological considerations. Experimental Physiology, 110(11), 1612-1624. https://doi.org/10.1113/EP092120

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