La belleza de correr con quien no corre como tú

«Venga, que ya falta poco para llegar arriba», me dice Irene mientras Olga refunfuña y yo resoplo intentando mantener el ritmo en la subida. A mi lado, Pablo va más fresco, podría ir más rápido, pero se queda conmigo. Detrás, escucho a Esther animando a Roxana, que lleva apenas meses corriendo y está convencida de que nos está retrasando a todas. «Tranquila, vamos perfectas», le dice alguien. Y seguimos subiendo, cada una a su manera, cada una con su historia, todas juntas.

Correr en grupo, en el club, me ha enseñado cosas que jamás habría aprendido corriendo sola. Y no me refiero a técnica o a entrenamientos. Me refiero a lecciones de las que cambian cómo entiendes el mundo.

La gente molona con la que tengo la suerte de salir a correr.

El otro día salimos a correr por la sierra. Una llevaba apenas unos meses corriendo y estaba nerviosa por si nos retrasaba. Otra acababa de volver después de una lesión de meses y estaba recuperando la confianza. Había quien entrenaba para una media maratón. Había quien simplemente quería desconectar de una semana horrible en el trabajo. Y yo, que ese día no tenía ni idea de dónde venía el cansancio que llevaba encima.

No íbamos al mismo ritmo. No teníamos el mismo objetivo. No estábamos en el mismo momento vital. Y aun así, o quizás precisamente por eso, fue una de las mejores salidas.

El camino tampoco era uniforme. Empezamos entre pinos que crecen en las laderas, donde el suelo de agujas hace que cada paso sea suave y silencioso. El aire huele a resina, a tierra húmeda, a ese olor inconfundible de la sierra de Cuenca. Luego la vegetación cambia: aparecen las sabinas, retorcidas y resistentes, aferradas a las rocas calizas. Entre ellas, romero y tomillo que en primavera llenan todo de color y olor. El terreno se vuelve pedregoso, calcáreo, blanco bajo el sol.

Más arriba, cerca de las hoces, el paisaje se abre. A un lado, el valle profundo con el río serpenteando allá abajo. Al otro, las formaciones rocosas que hacen de Cuenca lo que es: estratos de millones de años, capas de historia geológica que puedes tocar con la mano. Casi en la cima, apenas hay árboles ya. Solo roca caliza, líquenes naranjas pegados a las piedras, algún arbusto bajo que sobrevive al viento, y ese cielo enorme que parece más grande aquí arriba.

La misma montaña nos mostraba su diversidad: cada tramo distinto, cada ecosistema con su propia personalidad, todos formando parte del mismo paisaje. Como nosotras.

A mitad de camino, cuando la subida se puso dura, Quique se quedó atrás. Como siempre. Es su manera de correr: asegurarse de que nadie se queda sola, de que todas llegamos. «Vamos juntas»» dice, aunque podría ir mucho más rápido. Y ahí seguimos, hablando cuando nos alcanza el aire, riéndonos de lo empinado que está aquello, sabiendo que él está ahí.

Y yo, que ese día estaba de mal humor por la fatiga acumulada, sentí cómo ese enfado se iba diluyendo entre las risas, las conversaciones a medias porque te falta el aire, los «vamos, que ya queda poco» que alguien dice justo cuando más lo necesitas escuchar.

Hay algo profundamente hermoso en correr con gente que no corre como tú. En grupos donde conviven ritmos distintos, edades diferentes, experiencias variadas. Donde una tiene cincuenta años y otra veinticinco. Donde una lleva corriendo toda la vida y otra acaba de empezar. Donde una busca superarse y otra solo busca un rato de paz.

En nuestro club hay un pequeño grupo al que cariñosamente nos llamamos «proyecto». Somos las que empezamos sin haber corrido antes, como prueba, casi por accidente. Las que llegamos sin las zapatillas adecuadas y pensando que no aguantaríamos ni diez minutos. Y tenemos la teoría de que para Jorge e Isra, nuestros entrenadores, todas somos un éxito. No porque hayamos ganado ninguna carrera ni batido ningún récord, sino simplemente porque seguimos ahí. Porque pasamos de «no puedo» a «lo intento». Porque cada salida es una pequeña victoria contra todas las razones que nos decíamos para no empezar.

Como la montaña misma que recorremos: diversa, cambiante, con tramos suaves y otros exigentes, con zonas de sombra y de sol. Cada árbol, cada piedra, cada desnivel forma parte del paisaje completo. Y nosotras, corriendo por ella, somos igual de diversas. Ninguna sobra. Todas pertenecemos.

Porque en esa diversidad pasa algo mágico: aprendes.

Aprendes de la que va más rápido que tú, no para sentirte mal, sino para entender que cada una tiene su proceso. De la que va más despacio, que te enseña que reducir el ritmo no es rendirse, es escuchar. De la veterana que conoce cada piedra del camino y sabe exactamente dónde parar a beber agua. De la novata que te recuerda la emoción de descubrir una ruta por primera vez.

Y sobre todo, aprendes a no competir. O mejor dicho, a competir de otra manera. No contra las demás, sino con las demás. Cada una empujando a la otra a seguir, no a ser más rápida, sino a no rendirse. A llegar. A disfrutar. A estar presente.

En un mundo que constantemente nos pone a competir, que nos mide, que nos compara, que nos clasifica por edades, por niveles, por capacidades… correr en un grupo diverso es un acto radical. Es decir: aquí todas cabemos. Aquí todas aportamos. Aquí no hay una forma correcta de correr.

Y no voy a romantizarlo: hay días difíciles. Días en que la fatiga te pone de mal humor y tienes que hacer un esfuerzo consciente por no soltar algo borde cuando alguien te pregunta «¿estás bien?». Días en que te frustra ir más despacio de lo que tu cuerpo podría. Días en que te gustaría ir a tu aire y no tener que adaptar tu ritmo al grupo.

Pero incluso esos días difíciles te enseñan algo: que está bien no estar siempre bien. Que puedes tener un mal día y que las demás lo entienden porque ellas también los tienen. Que puedes llegar enfadada y acabar mejor, no porque el enfado desaparezca por arte de magia, sino porque correr rodeada de personas que te aceptan como eres ese día, con tu mal humor y tu fatiga, hace que todo sea un poco más llevadero. Y a veces ni siquiera hace falta hablar. Está ese silencio que no estorba, que no pesa, ese silencio compartido en el que todas entendemos que hoy no hay ganas de conversación y está bien. Nos entendemos sin palabras.

Correr en grupo me ha enseñado que la fortaleza no está en ser la más rápida, ni la más resistente, ni la que nunca flaquea. La fortaleza está en apoyarte en las demás cuando lo necesitas y ser apoyo cuando las demás lo necesitan. En celebrar el ritmo de cada una. En entender que todas estamos en caminos diferentes y que eso, lejos de separarnos, nos enriquece.

Que puedes perseguir objetivos muy distintos y aun así correr juntas. Que no hace falta que todas vayamos al mismo sitio para acompañarnos en el camino. Que la diversidad no es algo que tolerar, es algo que celebrar, porque nos hace mejores a todas.

Y lo más importante: que no tienes que hacerlo todo sola. Que está bien necesitar a las demás. Que pedir que alguien se quede contigo cuando un día no puedes más no te hace débil, te hace humana. Y que quedarte con alguien que lo necesita no te hace más lenta, te hace parte de algo más grande que tu propio ritmo.

Así que sí, corro sin reloj. Pero no siempre corro sola. Y cuando corro en grupo, aprendo cosas que ningún cronómetro podría enseñarme jamás. Que somos más fuertes juntas, precisamente porque somos diferentes. Que la diversidad no nos frena, nos impulsa. Y que a veces, la cima más bonita no es la que alcanzas más rápido, sino la que alcanzas acompañada.

Como la sierra de Cuenca que recorremos: cada roca, cada árbol, cada desnivel tiene su lugar. El pino no crece donde crece la sabina. El tomillo florece donde el pino no puede. Y todos juntos crean el paisaje. Nosotras también. Cada una con su ritmo, su historia, su forma de estar. Y juntas, creando algo más grande que la suma de nuestras zancadas.


Y tú ¿corres en grupo? ¿Qué has aprendido de correr con personas diferentes a ti? Me encantaría conocer tu experiencia. Escríbeme a

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