Hay imágenes que ningún corredor de montaña debería acostumbrarse a ver. Una ladera convertida en ceniza. Un sendero que desaparece bajo una línea de fuego. El vuelo desesperado de las aves huyendo del humo. El silencio que queda después, cuando el bosque deja de oler a resina y empieza a oler a carbón. Para quienes vivimos la montaña desde dentro, un incendio nunca es únicamente una noticia. Es la desaparición de un lugar al que regresábamos una y otra vez. Es perder un paisaje que nos enseñó a correr, una cima desde la que vimos amanecer o un bosque donde aprendimos que la naturaleza no es un decorado, sino un hogar compartido.
Cuando arde la montaña, no perdemos solo un bosqueCuando arde la montaña, no perdemos solo un bosque
Durante los últimos días, España ha vuelto a mirar con impotencia cómo las llamas devoraban algunos de sus espacios naturales más valiosos. El incendio de Burgohondo, en Ávila, ha arrasado alrededor de 50.000 hectáreas, convirtiéndose en uno de los mayores incendios registrados en la historia reciente del país. En la Sierra de Espadán, uno de los grandes pulmones verdes del Mediterráneo, el fuego ha calcinado cerca del 12 % de la superficie del parque natural. En Cáceres, cientos de personas tuvieron que abandonar sus casas mientras el incendio de Casas de Millán avanzaba impulsado por el calor, el viento y una vegetación extremadamente seca. Son nombres que estos días ocupan titulares, pero detrás de cada uno hay mucho más que una cifra de hectáreas quemadas.
Porque la montaña nunca ha sido únicamente árboles.

Un bosque es mucho más que madera
Quien no frecuenta el monte suele medir un incendio en hectáreas. Quien lo recorre cada semana sabe que esa medida resulta insuficiente. Un bosque también son los senderos que cientos de personas utilizan para caminar, correr o simplemente respirar lejos del ruido. Son los refugios donde encuentran cobijo corzos, jabalíes, tejones, rapaces, anfibios e innumerables especies de insectos que rara vez aparecen en las noticias. Son los suelos que tardaron décadas en acumular materia orgánica y que, tras un incendio de gran intensidad, pueden perder buena parte de su capacidad para retener agua y regenerarse. Son los arroyos cuya calidad ecológica depende de la cubierta vegetal que ahora ha desaparecido. Son los pueblos que viven del turismo de naturaleza y que contemplan con incertidumbre cómo el paisaje que daba sentido a su economía queda reducido a un mosaico de troncos negros.
Quienes practicamos trail running conocemos bien esa sensación. Todos tenemos un sendero favorito, un bosque al que volvemos cada otoño o una cresta que asociamos a entrenamientos inolvidables. Cuando arde ese lugar no sentimos únicamente tristeza por el paisaje. Sentimos que desaparece una parte de nuestra propia memoria.
No existe una única causa
Cada vez que se produce un gran incendio reaparece la tentación de buscar una explicación sencilla. Unos señalan únicamente al cambio climático. Otros reducen el problema a la gestión forestal. La realidad, como casi siempre ocurre cuando hablamos de sistemas naturales, es mucho más compleja.
La ciencia lleva años advirtiendo de que el calentamiento global está modificando profundamente el comportamiento del fuego. Las olas de calor son más frecuentes, las sequías más prolongadas y la temporada de incendios se alarga prácticamente durante todo el año. La vegetación permanece seca durante más tiempo y cualquier chispa encuentra un combustible mucho más favorable para propagarse.
Pero sería un error pensar que todo empieza y termina ahí.
España ha experimentado durante décadas un progresivo abandono del medio rural. Allí donde antes había ganadería extensiva, aprovechamientos forestales, pequeños cultivos o personas que conocían cada rincón del monte, hoy abundan masas continuas de vegetación sin gestionar. El combustible vegetal se acumula año tras año hasta convertir muchos bosques en enormes depósitos de biomasa preparados para arder cuando las condiciones meteorológicas se alinean.
A ello se suma un problema del que se habla mucho menos. Seguimos invirtiendo muchísimo más dinero en apagar incendios que en evitar que lleguen a producirse. Cada verano aparecen medios aéreos, dispositivos extraordinarios y grandes despliegues de emergencia, pero durante el invierno muchas brigadas forestales ven reducidas sus plantillas o trabajan con recursos claramente insuficientes para realizar tratamientos selvícolas, desbroces, quemas prescritas o mantenimiento de cortafuegos. Sin prevención no existe extinción capaz de resolver el problema.
Cuando el fuego deja de poder apagarse
Quizá la declaración más preocupante de estas últimas semanas no haya salido de un científico, sino del máximo responsable de la Unidad Militar de Emergencias. Su afirmación fue tan breve como contundente: algunos incendios ya no pueden atacarse directamente; únicamente es posible defenderse de ellos.
Esa frase resume hasta qué punto ha cambiado el escenario.
Los llamados incendios de comportamiento extremo generan su propia dinámica atmosférica, alcanzan intensidades imposibles de afrontar sobre el terreno y obligan a priorizar la protección de vidas humanas por encima de cualquier intento de detener el frente de llamas. Cuando un incendio alcanza ese punto, la batalla más importante ya se ha perdido mucho antes de que lleguen los primeros medios de extinción.
Por eso la prevención deja de ser una opción para convertirse en una necesidad.
También es nuestra responsabilidad
Sería cómodo pensar que todo depende de las administraciones. Evidentemente, los gobiernos tienen una enorme responsabilidad. Hace falta una estrategia estable que trascienda los ciclos políticos y que combine prevención, gestión forestal, investigación científica, adaptación al cambio climático y revitalización del medio rural. Hace falta reforzar las brigadas forestales durante todo el año, no únicamente cuando el monte ya está ardiendo. Hace falta apoyar a quienes siguen viviendo y trabajando en los pueblos, porque cuidar el territorio también significa mantener personas en él.
Pero quienes disfrutamos de la montaña tampoco podemos mirar hacia otro lado.
Cada vez que respetamos un cierre temporal de senderos, evitamos actividades de riesgo durante episodios de calor extremo, denunciamos comportamientos negligentes o apoyamos iniciativas de conservación estamos formando parte de la solución. Amar la naturaleza nunca ha consistido únicamente en recorrerla. También implica protegerla cuando más lo necesita.
Lo que realmente está ardiendo
Cuando un incendio ocupa las portadas solemos hablar de hectáreas, de medios desplegados o de porcentajes de superficie quemada. Son datos necesarios. Pero ninguno consigue explicar lo que realmente desaparece.
Arde el bosque donde un niño descubrió por primera vez un corzo.
Arde el sendero por el que alguien preparó su primera maratón de montaña.
Arden los nidos que no volverán a ocuparse la próxima primavera.
Arden los suelos que tardarán décadas en recuperar la vida microscópica que hoy sostiene todo un ecosistema.
Arde el paisaje que daba identidad a un pueblo entero.
Y arde, también, una parte de nosotros.
Quienes corremos por la montaña sabemos que el verdadero valor de un sendero nunca ha estado en el desnivel que acumula ni en el tiempo que tardamos en recorrerlo. Está en todo aquello que ocurre mientras avanzamos: el olor del pinar después de la lluvia, el vuelo silencioso de un águila, el sonido de un arroyo escondido o la sombra que ofrece un bosque centenario en mitad del verano.
Cuando el fuego destruye ese escenario no desaparece únicamente un lugar donde entrenar.
Desaparece un patrimonio natural que pertenece a todos y cuya recuperación exigirá décadas de trabajo, inversión y respeto.
Ojalá algún día dejemos de medir el éxito por la rapidez con la que apagamos los incendios y empecemos a medirlo por el número de incendios que nunca llegaron a producirse.
Porque proteger la montaña nunca debería ser una reacción.
Debería ser una forma de entender el futuro.
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Referencias
Intergovernmental Panel on Climate Change (IPCC). Sixth Assessment Report: Impacts, Adaptation and Vulnerability.
Pausas, J. G., & Keeley, J. E. (2021). Wildfires as an ecosystem service. Frontiers in Ecology and the Environment.
Real Sociedad Española de Ciencias Forestales. Informes sobre gestión forestal e incendios.
Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITECO). Estadísticas Generales de Incendios Forestales.
Doctor en Microbiología, Fisiología y Genética. Profesor universitario. Corredor de montaña aficionado.
