
No era una simple ruta hacia una cima. Era caminar hacia un atardecer que parecía África, aunque el frío nos recordaba dónde estábamos. Aún quedaba nieve vieja y una fina capa de hielo que dificultaba cada paso hacia la cumbre. La vegetación apenas dejaba margen: la sabina rastrera cubría el terreno, escondía la senda y obligaba a avanzar con esfuerzo.
El atardecer caía deprisa y la visibilidad disminuía. Tocaba apurar, adaptarme y llegar lo más lejos posible antes de quedarnos sin luz. Y lo conseguimos: alcanzamos la cima ya en la oscuridad. Durante la subida dejamos atrás antiguas trincheras que daban paso a una cresta perfecta, la que finalmente nos condujo hasta la cima de la Cruceta.
Allí el tiempo parece detenerse. Los sentidos se agudizan, sobre todo el oído: los sonidos lejanos de los animales, el leve susurro del viento… y un cielo solo para Lluvi y para mí. Sin nubes, cubierto de estrellas, con una luna en fase nueva que apenas nos regalaba luz, pero sí la certeza silenciosa de su presencia.
El descenso no fue sencillo. La nieve y las sabinas rastreras volvieron a exigir atención mientras buscábamos la pista para regresar. El temporal había dejado árboles caídos en el camino. Y Lluvi, a la que siempre le sabe a poco, aprovechaba cada encuentro con corzos y ciervos para correr junto a ellos; tan noble y obediente que, al escuchar su nombre, regresaba a su rebaño —a mí—.
Quizá para algunos sean locuras si no se analizan. Pero sabíamos dónde íbamos, sin asumir riesgos innecesarios, aunque sí enfrentándonos a la exigencia del terreno. No es una cima importante por su altura, sino por el contexto en el que la encontramos: roca caliza, nieve, hielo y sabinas rastreras.
Siempre celebramos la cima en el mismo lugar donde empieza y termina todo: junto a la furgo. La tocamos, respiramos hondo y valoramos los retos superados. En escenarios difíciles que, precisamente por eso, nos regalan el encanto irrepetible de un momento único.
Desde niño, mi vida ha estado ligada al deporte y a la montaña. Empecé en el cross y, con los años, fui recorriendo distintos caminos: MTB, ciclismo en carretera —al que me dediqué casi siete años—, duatlón, trail running, carreras de asfalto, gravel, alta montaña y escalada. Siempre en movimiento, siempre cerca de los senderos.
Estar en la montaña me hace feliz. Cuenca me hace feliz. A lo largo de mi vida he tenido oportunidades para marcharme, pero nunca quise abandonar estas montañas ni estos caminos que forman parte de quien soy.
En el plano deportivo he conseguido más de 200 victorias en mi categoría correspondiente según cada año, logrando triunfos en todas las modalidades en las que he competido. Destaca especialmente haber sido, probablemente, el único deportista en Castilla-La Mancha en ganar en la máxima categoría Élite campeonatos en cuatro disciplinas diferentes: MTB, ciclismo en carretera, trail running y duatlón.
También obtuve resultados destacados en ciclismo y MTB en categorías junior y sub-23.
Durante varios años he trabajado como monitor de ciclo indoor y de carrera/trail running, transmitiendo mi experiencia y mi pasión por el deporte.
Soy un amante de la montaña en todas sus formas y vertientes, amante de los animales y de la naturaleza salvaje. La montaña no es solo un escenario: es mi forma de vivir. ⛰️🦊

♥️♥️me encanta como siempre🤗
Muchas gracias como siempre ,nos encanta que te gusten ,esto solo es el comienzo de una gran montaña ⛰️
Un saludo #Salvaje🦊