Correr sin medir nada: mi pequeño acto de rebeldía

Ayer una compañera de trabajo me preguntó cuántos kilómetros había corrido el fin de semana. «No lo sé», le dije. Me miró extrañada. «¿No llevas reloj?». No. «¿No tienes Strava?». Tampoco. «Pero, entonces, ¿cómo sabes si estás mejorando?».

No lo sé.
Y esa es precisamente la gracia.

Nunca he tenido reloj deportivo. No mido kilómetros, ni tiempos, ni pulsaciones. No sabía quién era Kilian Jornet hasta que el plasta de Quique hizo que me tragara todos sus documentales (muy chulos, por cierto).

Solo llevo el teléfono por si hay una emergencia. Y cuando la gente se entera, me miran como si estuviera loca o desperdiciando algo valioso. Como si correr sin datos fuera el equivalente a leer un libro y no subrayarlo, o viajar sin hacer fotos. Como si la experiencia no contara si no queda registro.

Pero es que estoy cansada. Muy cansada.

Vivimos en un mundo que nos exige optimizarlo absolutamente todo. En el trabajo, tienes que estar en constante formación. Aprender las nuevas herramientas, adaptarte a los cambios, reinventarte cada dos años. No puedes quedarte atrás. La actualización es obligatoria. Y llegas a casa después de ocho horas de estar alerta, de absorber información, de demostrar que vales… y el bombardeo continúa.

Que si tienes que cuidar tu alimentación. Que si a partir de cierta edad necesitas tomar magnesio (triple, por cierto), colágeno, omega 3, creatina (monohidrato, que si no eres un panoli). Que si deberías hacer esta rutina facial de diez pasos por la mañana y otra distinta por la noche. Que si tienes que hidratar el pelo de esta manera específica, con estos productos concretos, en este orden. Que si deberías hacer yoga, meditar, dormir ocho horas, beber dos litros de agua, caminar diez mil pasos, entrenar fuerza dos veces por semana, estirar, hacer cardio pero no demasiado, tomar el sol pero con protección, cuidar tu postura, tu salud mental, tus relaciones…

Es demasiado. Cada aspecto de nuestra vida convertido en un proyecto de mejora continua. Cada momento documentado, analizado, comparado con el anterior. ¿Estoy mejor que ayer? ¿He progresado? ¿Qué dice la gráfica?

Y yo estaba agotada.

Por eso, cuando salgo a correr, lo hago sin más. Sin plan. Sin objetivos. Sin métricas que cumplir ni estadísticas que revisar después. Me pongo las zapatillas, salgo por la puerta, y ya está. Algunos días voy rápido porque mi cuerpo tiene energía y ganas. Otros días apenas troto, casi camino. A veces paro a mitad de camino porque hay un árbol florecido que quiero mirar de cerca, o porque me apetece sentarme en un banco cinco minutos. Hay días que doy media vuelta a los diez minutos y me vuelvo a casa porque no me apetece seguir.

Me gusta correr con mi hermana Elena sin cara de sufrimiento.

Y está bien. Todo está bien.

No hay nadie esperándome con un cronómetro al final. No hay una app que me diga «hoy has rendido por debajo de tu media», lo que yo interpreto como «Cristina, como sigas así, te vas a poner fanegas». No hay gráfica que se ponga en rojo porque he tenido un mal día.

Correr se ha convertido en el único espacio de mi vida donde no tengo que rendir cuentas a nadie, donde no hay una versión mejorada de mí misma que deba alcanzar, donde no existe el «deberías». Donde puedo ser profundamente, radicalmente imperfecta. Y nadie, ni siquiera yo misma, lleva la cuenta.

Cuando no estás pendiente de los números, empiezas a prestar atención a otras cosas. Noto cómo me siento realmente ese día. Si mi cuerpo está cansado o con energía. Si lo que necesito es descargar la tensión acumulada o simplemente mover las piernas un rato al aire libre. Disfruto del entorno de verdad: los árboles, el cielo que cambia de color según la estación, el sonido de mis pies sobre la tierra, mi propia respiración.

Y cuando llego a la cima de una subida, me paro. Me quedo ahí, mirando. Observando lo que tengo delante, lo que he dejado atrás, el camino que he recorrido. Eso, para mí, sí es una meta. No cuántos minutos he tardado en llegar, ni a qué velocidad, ni cuántas pulsaciones llevaba. Sino haber llegado. Estar ahí. Permitirme ese momento de contemplación. Hay quien pasaría de largo sin detenerse porque «rompe el ritmo» o porque el reloj sigue corriendo. Pero yo me paro. Porque si no puedo detenerme a mirar cuando llego arriba, ¿para qué subir?

Aquí, subiendo al Urriellu con Javi y Quique. Y me paro a hacerme una foto y todo.

En un mundo que te pide que midas todo, que documentes todo, que compartas todo, que demuestres todo constantemente… correr sin registro es mi pequeño acto de rebeldía. No tengo pruebas de mis carreras. No hay capturas de pantalla. No hay gráficas de progreso. No hay nada que subir a redes sociales para que los demás validen mi esfuerzo. Solo existe el momento. Y luego se desvanece. Como debería ser.

Es mi espacio sin optimizar en una vida hiperoptimizada. Mi rincón sin mejorar en un mundo obsesionado con la mejora.

A veces me pregunto cuándo exactamente empezamos a creer que todo tiene que tener un propósito medible. Que correr solo cuenta si hay datos. Que el autocuidado solo es válido si lo haces «bien», siguiendo los pasos correctos, con las rutinas perfectas, documentado con fotos de antes y después. Cuándo decidimos que simplemente disfrutar de algo ya no era suficiente, que tenía que haber progreso, evidencia, mejora constante.

Estamos tan acostumbradas a la presión de ser mejores versiones de nosotras mismas que hemos olvidado que simplemente estar bien también es suficiente. Que no mejorar no significa retroceder. Que mantener es válido. Que disfrutar, sin más objetivo que disfrutar, no es una pérdida de tiempo.

Si tú también estás cansada de tener que medirlo todo, de cumplir con todas las rutinas, de estar constantemente mejorando, optimizando, aprendiendo, demostrando… prueba a correr sin nada. Sin reloj. Sin app. Sin plan. Solo sal y corre. O camina. O haz las dos cosas. O date media vuelta a mitad de camino si te apetece.

Nadie te está mirando. Nadie te está cronometrando. No tienes que demostrar nada. No tienes que compartirlo. No tiene que quedar registro. Puede simplemente existir, y luego desvanecerse, y haber valido la pena de todas formas.

Porque a veces, el mayor acto de autocuidado no es otra rutina más que añadir a la lista interminable. Es crear un espacio donde no haya lista. Donde puedas simplemente ser, sin adjetivos, sin mediciones, sin presión.

Hay quien lo llama slow running. A mí no me gusta mucho ponerle nombre a las cosas, pero si sirve para que más gente se dé permiso para correr sin presión, bienvenido sea. Porque al final se trata de eso: de recuperar el placer de moverse sin tener que convertirlo en otro proyecto más de autoexigencia.

Ese es mi pequeño acto de rebeldía. Y es el más liberador que he hecho nunca.

Porque esto también es Salvaje. Porque en un mundo que mide, compara y exige resultados constantes, decidir no medir es una forma de resistencia. Porque salir a correr sin datos es confiar en el cuerpo, en el territorio y en el momento, sin intermediarios ni validaciones externas. Porque Salvaje no va de acumular marcas, sino de recuperar espacios donde la vida no tiene que justificarse. Correr así es volver a lo esencial: moverse por el simple hecho de estar vivo, sin convertir cada gesto en rendimiento. Y eso, hoy, es profundamente radical.

¿Tú también sientes que la vida nos exige demasiado? ¿Tienes algún espacio donde simplemente puedas ser sin tener que optimizarte? Me encantaría leerte. Puedes escribirme a salvajeregresaatunaturaleza@gmail.com.

2 comentarios

  1. Gracias por escribir sobre lo que la inmensa mayoría hemos sentido en algún momento. Desconectar para conectar, como se escucha últimamente. Muy identificada con lo que transmites, Cris! Da paz leerte.

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